Con el miedo normal de empezar algo cuando no sabes si va a funcionar. Pero nuestra mamá, que llevaba años vendiendo ropa, nos dijo que sí. Que podíamos. Y empezamos.
Al inicio queríamos vender. Con el tiempo entendimos que queríamos algo más: que las mujeres que nos compraran volvieran. Que se fueran sintiéndose más bellas de como entraron.
No vendemos nada que nosotras no nos pondríamos.
Buscamos la tela con paciencia. Probamos los cortes. Nos equivocamos más de una vez. Pero no buscamos excusas — buscamos la prenda correcta, la que hace la diferencia, la que vale lo que cuesta.
Daliza paga nuestras carreras. Y, con el tiempo, queremos que crezca lo suficiente para que otras mujeres jóvenes puedan hacer lo mismo.
Gracias por ser parte.